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Cuando el currículo necesario ya no cabe en el tiempo de la escuela de hoy

La escuela de hoy recibe continuamente nuevas expectativas. Corresponde a la gestión evitar que el currículo se convierta en una colección de demandas y crear condiciones para que la comunidad escolar decida, con criterios, qué aprendizajes son necesarios, con qué profundidad y en qué progresión.

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Eduardo Fernando Francini
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Una educadora observa un reloj y paneles de planificación en la pared de la escuela, con el título Cuando el currículo necesario ya no cabe en el tiempo de la escuela de hoy

Una escuela decide incorporar la educación financiera al currículo. Otra reconoce que necesita discutir la inteligencia artificial y la autoría. Aparecen demandas relacionadas con la salud mental, la sostenibilidad, la ciudadanía digital, las relaciones étnico-raciales, la inclusión, el emprendimiento, el proyecto de vida y las transformaciones del mundo del trabajo. Al mismo tiempo, permanecen los conocimientos históricamente asociados a las distintas áreas y asignaturas.

Consideradas por separado, casi todas esas demandas son defendibles. El problema aparece cuando intentamos acomodarlas en el mismo calendario, en las mismas jornadas y en una organización escolar cuyo tiempo no crece en la misma proporción que las expectativas dirigidas a la educación.

Cuando el currículo necesario ya no cabe en el tiempo de la escuela de hoy, ¿qué debemos proteger: la cantidad de temas presentados a los estudiantes o la calidad de los aprendizajes que ellos logran construir? Antes de responder a eso, intentemos responder a una pregunta anterior: ¿“currículo necesario” para quién?

En el primer texto de esta columna propuse comprender la escuela como una comunidad de aprendizaje, en la que los profesionales también necesitan tiempo y condiciones para aprender. Si toda la comunidad escolar vive los efectos de esas expectativas y participa, de distintas maneras, en la formación de los estudiantes, la discusión sobre el currículo necesario debe involucrar a docentes, demás trabajadores, estudiantes y familias. Esa participación no elimina las responsabilidades específicas del equipo pedagógico, al que corresponde articular las diferentes perspectivas y transformar la escucha en decisiones curricularmente coherentes. Una escuela que aprende necesita también aprender a elegir colectivamente.

El currículo rara vez se vuelve excesivo por una única decisión. Crece por adición. Se crea una nueva asignatura, se incorpora un proyecto, una plataforma presenta otra secuencia de actividades, un programa internacional añade objetivos, una evaluación exige determinados contenidos y una demanda social legítima necesita encontrar alguna forma de expresión. Como casi nada se retira ni se reorganiza, cada novedad pasa a disputar espacio con todo lo que ya estaba previsto.

Esta situación se vuelve especialmente visible en las escuelas privadas. Además de los conocimientos definidos por la base curricular nacional y por los currículos locales, muchas instituciones desarrollan proyectos propios, programas bilingües o internacionales, propuestas socioemocionales, acciones de orientación profesional, preparación para exámenes, educación digital y experiencias orientadas a las expectativas de las familias. Esa diversidad puede ampliar significativamente la formación de los estudiantes. También puede producir fragmentación, superposición y prisa cuando las relaciones entre las propuestas no se examinan lo suficiente.

El problema no es la existencia de un currículo amplio. Una educación que pretende ayudar a niños y jóvenes a comprender un mundo complejo no puede ofrecer solo una formación mínima, utilitaria o restringida a lo que se mide con más facilidad.

En el informe Curriculum Overload: A Way Forward, la OCDE identifica distintas manifestaciones de la sobrecarga curricular. Puede darse por la cantidad de contenidos, por la percepción de docentes y estudiantes de que no hay tiempo suficiente y por el desequilibrio entre determinadas áreas y finalidades educativas. El documento también llama la atención sobre el riesgo de currículos que recorren muchos temas con poca profundidad.

Ese riesgo no se resuelve acelerando la enseñanza. Cuanto más se intenta “abarcarlo” todo, mayor puede ser la presión para abreviar preguntas, reducir experiencias, anticipar respuestas y seguir adelante antes de que los estudiantes tengan tiempo de relacionar ideas, equivocarse, recibir devoluciones y retomar lo que aún no comprendieron.

El contenido puede haber sido presentado, registrado en el material didáctico y marcado en la planificación. Eso no significa que se haya convertido en aprendizaje.

El tiempo del currículo no es solo una división de la carga horaria. Es también el tiempo necesario para que una idea sea comprendida, confrontada con otras, utilizada en distintas situaciones e incorporada al repertorio del estudiante. Algunos aprendizajes exigen continuidad durante años. Otros necesitan retomarse en momentos diferentes del desarrollo. Hay también aquellos que no pueden preverse como una secuencia lineal, pues dependen de la convivencia, de la experiencia, de la investigación y de la posibilidad de formular nuevas preguntas.

Por eso, priorizar no debería significar solo elaborar una lista más corta de contenidos. Antes de decidir qué permanece o sale, es necesario discutir qué se espera que los estudiantes hagan con aquello que aprenden. Reconocer una información, comprender un concepto, utilizar un procedimiento, sostener un argumento y tomar una decisión ante una situación nueva son expectativas distintas — y exigen tiempos diferentes.

En Os impactos da Base Nacional Comum Curricular na construção do currículo piracicabano, artículo que escribí con Maria Alejandra Moreno-Pizani, analizamos la relación entre una política curricular nacional y su construcción en el contexto local. Una de las cuestiones planteadas por ese trabajo es justamente la necesidad de que el currículo se constituya de forma colectiva e intencional, alcanzando los proyectos político-pedagógicos y la planificación de los docentes.

Una base curricular puede definir aprendizajes considerados esenciales, pero no elimina la necesidad de interpretación. Entre el documento oficial y la experiencia de los estudiantes existen decisiones sobre organización, secuencia, profundidad, estrategias, relaciones entre conocimientos y adecuación al contexto. Un currículo vivido no es una lista que simplemente pasa del documento al aula.

En mi investigación sobre las percepciones docentes acerca de la lengua inglesa en la base curricular nacional, ese espacio de interpretación también se mostró relevante. Los docentes no solo ejecutan una política curricular: le atribuyen sentidos a partir de sus conocimientos, condiciones de trabajo, concepciones de lenguaje y experiencias profesionales. Es en esa mediación donde el currículo prescrito se acerca — o se aleja — de aquello que los estudiantes efectivamente encuentran.

Reconocer esa mediación no significa transferir a los docentes toda la responsabilidad por la selección curricular. Si cada docente debe resolver solo el conflicto entre extensión y profundidad, la institución corre el riesgo de producir trayectorias fragmentadas, repeticiones innecesarias y vacíos que solo se percibirán más tarde.

Las decisiones curriculares deben asumirse como decisiones institucionales. Esto involucra a docentes, coordinación y dirección, pero también exige escuchar a los estudiantes y dialogar con las familias. No todas las expectativas podrán incorporarse de la misma manera, y esa limitación necesita explicitarse.

Parte del trabajo de la gestión consiste en formular preguntas que anteceden la inclusión de una nueva propuesta: ¿qué problema educativo pretendemos enfrentar? ¿Ese aprendizaje ya está presente en otro componente o proyecto? ¿Necesita convertirse en una asignatura, puede integrarse a lo que ya existe o debería atravesar distintas áreas? ¿Qué dejará de recibir tiempo si lo añadimos? ¿Cómo sabremos si los estudiantes aprendieron? ¿Y durante cuánto tiempo se acompañará la propuesta antes de concluir que funcionó?

Un camino posible es empezar por el currículo que efectivamente se realizó a lo largo del año lectivo. El equipo puede comparar lo previsto con aquello que de hecho tuvo tiempo suficiente, identificar aprendizajes que necesitaron retomarse, localizar repeticiones entre años y componentes y reconocer propuestas que permanecieron en el calendario sin producir los resultados esperados. Los trabajos de los estudiantes, los registros de evaluación, las observaciones de los docentes y la escucha de la comunidad ayudan a que ese análisis dependa menos de impresiones aisladas.

A partir de ese mapeo, dirección y coordinación pueden definir algunas prioridades institucionales y acompañar sus consecuencias a lo largo del período lectivo. Esto exige una regla simple, aunque no siempre cómoda: toda inclusión curricular debe provocar una conversación sobre integración, reorganización o retirada. De lo contrario, la escuela seguirá añadiendo expectativas sin discutir el tiempo necesario para realizarlas.

A la dirección corresponde proteger el proceso, garantizar los tiempos de trabajo colectivo y sostener las decisiones ante familias y sostenedores. A la coordinación, articularlas en términos de progresión, planificación y acompañamiento. A los docentes, ofrecer las evidencias producidas en la práctica. Estudiantes, familias y demás profesionales ayudan a hacer visibles necesidades y efectos que la planificación formal puede no captar.

Estas acciones desplazan la conversación de la novedad hacia la coherencia. También permiten distinguir la integración de la simple yuxtaposición. Una escuela puede afirmar que determinado tema es transversal y, aun así, no definir quién se responsabiliza por él, en qué momentos se desarrollará o cómo se acompañará su progresión. En ese caso, el tema aparece en muchos lugares, pero puede no consolidarse en ninguno.

Sin una visión compartida sobre lo que se amplía en cada etapa, algunos asuntos reaparecen todos los años casi de la misma forma, mientras que conocimientos más complejos se concentran en períodos cortos. La impresión es de movimiento constante, pero los estudiantes no siempre perciben que avanzan.

También es necesario desconfiar del uso de la palabra “esencial”. En determinados discursos, priorizar lo esencial se convierte en un modo de reducir el currículo a lo que aparece en las evaluaciones, a lo que produce resultados inmediatamente demostrables o a lo que parece tener aplicación económica directa.

Una concepción más amplia de formación necesita proteger conocimientos y experiencias cuyo valor no se mide solo por la utilidad inmediata. La literatura, las artes, la filosofía, la historia, las ciencias, el movimiento, las lenguas, la convivencia y la investigación ayudan a los estudiantes a producir sentidos, imaginar posibilidades y comprender perspectivas diferentes. Priorizar no es empobrecer el currículo. Es crear condiciones para que aquello que la escuela considera importante no sea tratado de manera superficial.

Esto exige coraje institucional, porque toda decisión curricular produce renuncias. Al reservar más tiempo para la lectura, la investigación científica, la producción escrita o el desarrollo de un proyecto, la escuela reduce el tiempo disponible para otras actividades. Ocultar ese hecho bajo planificaciones que prometen contemplarlo todo no elimina la renuncia: solo hace que ocurra de forma improvisada, generalmente dentro del aula.

La presión recae entonces sobre el docente, que debe decidir qué abreviar, qué transferir, qué abordar solo de paso y qué no logrará realizar. El currículo oficial permanece aparentemente intacto, pero el currículo vivido se negocia diariamente, muchas veces sin un espacio colectivo para examinar esas decisiones.

Una comunidad de aprendizaje puede enfrentar esta cuestión de otra manera. En lugar de tratar toda dificultad de ejecución como falla individual, puede observar lo que ocurre en la práctica: dónde los estudiantes necesitan más tiempo, qué conceptos sostienen aprendizajes posteriores, dónde hay repeticiones, qué proyectos integran efectivamente conocimientos y qué actividades permanecen en el calendario solo porque siempre se realizaron.

Ese proceso no tiene que terminar en un currículo más pequeño. Puede resultar en un currículo más articulado, en el cual ciertos aprendizajes dejan de competir entre sí y pasan a fortalecerse mutuamente. También puede revelar que algunos temas exigen mayor presencia, mientras que otros pueden abordarse de manera más concentrada o en etapas diferentes.

Para una escuela privada, comunicar esas decisiones es parte del propio trabajo curricular. Las familias pueden interpretar la cantidad de asignaturas, proyectos y materiales como señal de calidad. Corresponde a la institución hacer comprensible que aprender con profundidad también exige límites, continuidad y tiempo. Una decisión pedagógica bien fundamentada no ofrece menos formación: protege las condiciones para que la formación prometida realmente ocurra.

Quizá ese sea uno de los principales desafíos de la gestión curricular en la escuela de hoy. No se trata de encontrar una fórmula capaz de acomodar todas las expectativas, sino de construir criterios para decidir cuáles de ellas deben orientar el proyecto pedagógico, cómo se relacionan y cuánto tiempo merecen.

Cuando todo es prioridad, las prioridades dejan de orientar el trabajo. El currículo necesario no es el inventario de todo lo que parece importante enseñar. Es una construcción colectiva, intencional y revisable, capaz de ofrecer a los estudiantes amplitud sin renunciar a la profundidad.

La escuela siempre tomará decisiones sobre el currículo, aunque no las declare. La decisión de la gestión es si esas elecciones seguirán haciéndose por la urgencia, la fragmentación y el esfuerzo solitario de cada docente o si serán asumidas como parte central del aprendizaje institucional.

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